Biblioteca de oro de misterio,

en el ABC de los domingos


La edad de oro policíaca.
Por Fernando Martínez Laínez.

No conozco muchos goces comparables a la lectura de una novela policíaca en la placidez del dolce far niente veraniego. Especialmente de esas novelas con ilustraciones interiores de la legendaria colección de Editorial Molino «Biblioteca Oro», de tapas amarillas, que alimentaron los sueños de tantos lectores allá por los años 40 y 50 del pasado siglo.

La novela criminal científica heredada de Sherlock Holmes, representada en los doce títulos de la muestra reunida por ABC, desafía las facultades especulativas del impaciente lector y sigue una serie de pasos obligados: el asesinato que configura un misterio, la aparición de pistas, la investigación de los hechos y la solución del problema.

«Whodunit». En este tipo de narración, conocido en inglés como whodunit, el suceso criminal en sí es mucho menos importante que el problema alrededor del cual gira la pesquisa; y siempre hay dos historias: la del crimen y la de la indagación, sin ningún punto en común, pues una de ellas (la criminal) termina cuando empieza la otra.

En la novela-enigma o novela-problema se sacrifica el realismo a la dimensión abstracta del relato. Se trata de dar solución intelectual, siguiendo pautas lógicas, a lo que parece inexplicable, dejando caer pistas al lector para que este tenga la sensación de participar en el duelo intelectual que el autor le propone, sin causas sobrenaturales ni casualidades increíbles. Todo se basa en la premisa de que nadie puede dejar de interesarse por el crimen, sobre todo cuando se contempla desde la placidez del que se siente a salvo protegido por la infranqueable pantalla de la irrealidad.

Pero si las pautas de la novela-enigma se repiten, no ocurre lo mismo con los personajes: arquetipos detectivescos de inteligencia diamantina, máquinas pensantes que escoltaron las holganzas de una generación que, seguramente para paliar las penurias y desdichas de postguerras y entreguerras, dejaba volar la imaginación hacia esferas inalcanzables: Hawai, mansiones californianas, residencias millonarias en Nueva York, los viejos muelles de Londres o la verde y apacible campiña inglesa. La figura del detective se convierte en una fuerza sobrenatural que imparte justicia al margen, casi siempre, del poder oficial, desde un tipo de moral aristocrática superior al del «vulgar» policía encargado de mantener el orden.

Células grises. El primero de estas lumbreras deductivas, producto de la incombustible Agatha Christie, es el detective belga Poirot, refinado gastrónomo y bon vivant, cuyo fuerte son las «pequeñas células grises». A su nivel en lucidez justiciera está Perry Mason, la criatura de Erle Stanley Gardner, el superabogado defensor que no solo se limita a demostrar la inocencia de sus clientes, sino que además descubre a los verdaderos culpables y mantiene a raya a su pertinaz rival: el fiscal de distrito Hamilton Buerger.

No menos famoso en los años 30 fue Charlie Chan, sargento de la policía de Honolulú de origen chino, padre de doce hijos y portador -por obra y gracia de su autor, el norteamericano Earl Derr Biggers- de todos los dones de la ancestral sabiduría confuciana. Chan es un chino amable y servicial, contrapunto del «peligro amarillo» representado por Fu-Man-Chú.

Quizá el más esnob y excéntrico de todos los detectives de esta selección de la «Biblioteca Oro» sea Nero Wolfe, sibarita, misógino y voluminoso, aficionado a la cerveza y las orquídeas, que habla siete lenguas y casi nunca abandona su lujoso ático de Manhattan. Apenas le hace falta pisar la calle, ya que le basta con su «intuición diabólica».

Otros muchos criminales y héroes se dan cita en estas páginas de sabor clásico que, sin duda, seguirán deparando emociones, guiños, complicidades olvidadas y momentos gratificantes a los buenos aficionados a la novela policíaca.

Bibliófilos y lectores están de enhorabuena. Por fortuna, el verano ya ha llegado, y con él un puñado de mitos de la literatura de misterio. No se lo pierdan.

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