Libro: La Vía Láctea, de José Vaccaro Ruiz (Ed. Neverland)

La Vía Láctea es una novela negra en su acepción más pura.

Su trama, personajes y ambiente en que se desarrolla la acción ahondan en el lado oscuro de la naturaleza humana y en el poder económico que lo hace posible. Por sus páginas aparecen, frente a la España más escondida, caníbal y negra, los ghetos de diseño y riqueza, sepulcros blanqueados en expresión bíblica, donde la religión que se practica no es otra que el culto al dinero, y la creencia que ese dinero permite cualquier cosa, cualquier deleite al margen de lo que digan las leyes.

La cronología de La Vía Láctea abarca nueve meses. Los nueve meses que el hijo de una de sus protagonistas, Juani, necesita para ser engendrado, crecer y salir a la luz del vientre de su madre. El hijo de la Juani se convierte en objeto de deseo de esa humanidad mercantilista, inclemente, ególatra y hedonista.

Aún antes de nacer, ese bebé de Juani ya es objeto de los intereses de gentes que pretenden comerciar con él, venderlo, y llegado el momento, literalmente cocinarlo y devorarlo.

La antropofagia que contiene La Vía Láctea es algo más que un puro recurso estilístico. El hombre es un lobo para el hombre. Ésa es la realidad que subyace en el mundo en que vivimos. Es un reflejo literario de Saturno devorando a sus hijos de Goya o de los crueles cuentos que nos explicaban de niños: Pulgarcito, Mariquilla, Caperucita Roja. Unas narraciones en donde los propios padres llegan a ingerir su progenie.

Uno de los personajes de La Vía Láctea, Juan Jover, es un conseguidor: un tipo experto en untar y comprar con dinero a funcionarios y políticos para conseguir a cambio de unos euros torcer voluntades y conciencias. La España del siglo XXI está llena de individuos así: Gürtel, Orfeó Català, Pretoria, Marbella. Otro personaje es un cacique, un antiguo negrero guineano al que sus acólitos llaman El Amo, con una corte de esclavos atentos a satisfacer sus caprichos. Y en medio de todos ellos ese bebé hijo de Juani, objeto de la querencia de unos y otros. Estos son los mimbres de la novela, donde se enfrenta la quintaesencia de la maldad a la inocencia más pura, original e indefensa.

Se ha asimilado el personaje del Amo, el caníbal de La Vía Láctea, con el Hannibal Lecter de Thomas Harris. Ciertamente les une la misma pasión por la parte más carnal de los humanos, pero las raíces son muy distintas. Hannibal Lecter está dotado, aparte de la riqueza, de una cultura exquisita. En El Amo, el antropófago de La Vía Láctea, su poderío es más simple y más directo, proviene del dinero. No le es preciso nada más que eso, el dinero, para disponer de los medios suficientes y necesarios que le permitan saborear ese placer de comer a sus semejantes. Hannibal Lecter busca escenarios alambicados y selecciona enemigos para escenografiar su deleite, para devorarlos. Al Amo simplemente le basta un caserón escondido en la Sierra de Gredos y un cuenco cocinado por su fiel sirviente, tía María.

Comparada la crudeza de La Vía Láctea con la vida real ésta nos ofrece ejemplos mucho más descarnados: Individuos ofreciendo y vendiendo su cuerpo para ser comido, un padre que tiene encerrada a su hija durante decenios, teniendo descendencia con ella. La realidad siempre supera a la ficción, y a la vista de esa realidad La Vía Láctea es apenas un cuento apto para todos los públicos.

La intriga derivada de La Vía Láctea tiene contenido e interés por sí mismo, busca el deleite espiritual del lector en una progresión de lugares y acontecimientos creándole el deseo de devorar la novela. Placer intelectual, distracción, intriga y emoción son los elementos básicos de la literatura, porque sin ellos no hay lector.

El título de la novela, La Vía Láctea, contiene una de las claves de la trama. Una Vía Láctea alejada del mundo urbano, luminoso y abigarrado del siglo XXI, una Vía Láctea solamente visible en medio de la nada y de la noche cerrada, en esa España profunda.

Como guía para su lectura, La Vía Láctea tiene dos partes y un epílogo.

La primera parte plantea la trama y los personajes, culminando con un episodio sangriento. Es un aviso al lector de que se calce, porque lo realmente duro y negro viene a continuación, en la segunda parte.

El epílogo, como cierre, crea una complicidad casi íntima con el lector.

http://vaccaroruiz.wordpress.com

Fuente: Biblioteca la Bòbila
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Archivado bajo bòbila, novela negra

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